Cuando se fue
volvió la poesía.
No trastabilló tras la puerta
no fue grito en espejo
no vino callada como sombra
ni como grito en boca de mujer extraña.
Ni como lamento vino
ni como susurro
ni como érase-una-vez
ni como poco-sabía.
No era musa,
no residía en bebida espirituosa
ni en humo sospechoso
ni en húmedo gemido lastímero.
No se llamó venganza,
no fue compañera de dolor
ni trapo de llanto.
Apareció, si lo hizo,
como residuo cotidiano,
mirada en ventana abandonada,
como fondo de existencia,
como imagen puesta-sobre-mí-trás-de-mí.
Vino complemento a la esperanza
y como grito, temblazón,
tal vez, tatuaje,
columna vertebral
grito si es necesario
y si no importa
Historias que aparecen, aparecieron, se van. A veces vuelven, se sientan a la mesa, toman café y las envío frescas a su casita de té, con el cesto ya menos pesado de recuerdos e ilusiones, y alguna mala muerte besada en la mejilla.
martes, 21 de enero de 2014
sábado, 2 de noviembre de 2013
Geografía extraviada
(2 de noviembre, Día de Muertos)
Para O. Trujillo, con un café atavido de frío en las calles de Coyoacán
Para O. Trujillo, con un café atavido de frío en las calles de Coyoacán
Hoy supe que no debo estar aquí. Me di cuenta cuando respondí con un silencio a la afirmación de mi madre de que su vida no tiene sentido. Yo me quedé mirando su figura, hecha un puño fetal contra la almohada, pensé que lo único que le podía decir es que era cierto, que la vida de nadie tiene sentido y que en este segundo de universo en el que existimos todo se diluye, que nada hay más alejado que las palabras sentido, motivo, porqué y otras similares, que yo lo sabía desde hace mucho, y que ni ella, que afirmaba tanto en sus ratos esperanzados un más allá, podía ignorar el desamparo.
Pero no podía decirle eso, era mi madre y aunque ese
desamparo fuera existencial yo no podía confirmarselo, pero tampoco me sentía
capaz de inventarle una excusa, ilusiones reconfortantes, siempre he sido un
pésimo consejero. Así que la arropé, le pregunté si quería un té o que cerrara
la puerta y me fui de allí.
Ya en mi cuarto, protegido por el pestillo llegué a esa
conclusión: yo no debería estar aquí, a veces siento que hay gente mal ubicada,
la idea de la geografía extraviada tal vez era un asunto vital y no político.
Yo debería estar en otra parte, pensé en México, en el Df sumergido en la
noche, en los cafés de Coyoacán a las 2 am, en Crisabella leyendo a Wolf en
Medellín y esperando mi respuesta dos meses retrasada, tal vez allá tendría las
respuestas. Hay gente que es como si nunca acabara de tocar el suelo, yo soy uno de esos, y realmente siento que lejos de este horizonte donde no sucede
nada podría finalmente hundir mis pies en la tierra. Me pienso en un corredor
multicolor, acostado en una hamaca esperando amigos lejanos, o que llegue Omar
para charlar de libros y de la herida erótica que genera el amor perdido, de la
necesidad de dolerse hasta ver los huesos hechos ceniza, acariciar el pequeño
enrrejado de una casita en lo árido de Oaxaca mientras la polea se mueve en
rústico pozo. Yo sabría de qué va la vida allá, sabría decir la vida es tal
cosa, vale tanto, pesa esto, por tal cosa sería mejor no amanecer mañana vuelto
frío bajo las sábanas.
Pero acá no tengo respuestas, acá soy el banal
ofrecimiento de un té, acá no pasa nada, en este país, en esta Suiza
centroamericana, en este valle central con sus zonas clase media, yo no debería
estar acá. Mi mundo debería ser entre metros y editores, ratos de lectura y
conversaciones, desiertos y frío. Yo no debería estar acá, no debería estar
acá...
martes, 27 de agosto de 2013
Mirando al Térraba
No suelo comulgar mucho con poetas, hace un tiempo, luego de largas decepciones había decidido alejarme de ese pequeño mundo. Pero uno suele dibujar una piedra y tropezar dos veces, como dice Boccanera. Así que concurrí a un concurso de poesía, celebrado en el marco del 40 Aniversario de la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la Universidad Nacional, bajo el seudónimo Jorge Vigil. En dicho concurso obtuve, con este poema, el primer lugar. Agradezco a dicha Escuela la oportunidad y procuraré que esto se convierta en la motivación de una fecunda actividad poética. Acá el poema.
Mi lengua es como un
tentáculo
se me pega al paladar
y me ahoga las palabras.
Tengo el pellejo
hecho un charco de blasfemias hasta el piso,
colgándome del cuello,
suplica como madre de hijos hambrientos.
Cada vez me siento más un animal,
perro atado al que se le escurre
el mundo entre las patas.
Veo una muerte
con rostro de espejo,
la utopía del futuro
es mi cuerpo desnudo pudriéndose en una zanja.
Escucho voces que gritan,
me siento una de ellas,
una nostalgia húmeda de ira
me sube de la tierra,
me habla de la cabeza de un indígena en una estaca,
de una montaña que llama y no sé su paradero,
del río madre devorando
la serpiente de asfalto.
¿Por qué tengo hambrefríocansancio?
La mano cercenada del amigo sin trabajo,
el feto creciendo en la barriga,
se me pega al paladar
y me ahoga las palabras.
Tengo el pellejo
hecho un charco de blasfemias hasta el piso,
colgándome del cuello,
suplica como madre de hijos hambrientos.
Cada vez me siento más un animal,
perro atado al que se le escurre
el mundo entre las patas.
Veo una muerte
con rostro de espejo,
la utopía del futuro
es mi cuerpo desnudo pudriéndose en una zanja.
Escucho voces que gritan,
me siento una de ellas,
una nostalgia húmeda de ira
me sube de la tierra,
me habla de la cabeza de un indígena en una estaca,
de una montaña que llama y no sé su paradero,
del río madre devorando
la serpiente de asfalto.
¿Por qué tengo hambrefríocansancio?
La mano cercenada del amigo sin trabajo,
el feto creciendo en la barriga,
los pies sucios de la
figura con el niño en la acera,
el nombre negado en una
encuesta que te dice que existes.
Me estoy volviendo un animal,
una selva de años palpita y llama,
la manchada calavera de un jaguar
en un bosque de lluvias.
Véame,
estas carnes son las de un fantasma,
muere y se levanta,
la voz del olvido me dice quién soy.
Me estoy volviendo un animal,
una selva de años palpita y llama,
la manchada calavera de un jaguar
en un bosque de lluvias.
Véame,
estas carnes son las de un fantasma,
muere y se levanta,
la voz del olvido me dice quién soy.
martes, 25 de junio de 2013
Teatro inútil
Ponerse a beber el tiempo
y a la larga quedarse ciego,
como esos cementerios
o esas parroquias de pueblo
que ya no saben ni lo que hablan
ni lo que guardan.
O quedarse viendo el reloj,
comprándole el pasado a un segundero
al que no le importa nada,
como un historiador escribiendo biografías
de los que no son ni gente.
Eso es perder la vida,
hacerse viejo en la silla en la que se nace,
esperar que la muerte sea un papel en blanco.
¿Por qué no mejor esperar
que hagan falta actores en el reparto,
que la obra que otros actúan
no quede completa,
con final de cementerio blanco
tumba sin nombre.
Y que nos dejen actuar,
aunque sea para beberse el tiempo,
aunque sea para hacerle
bitácora al segundero,
para sentir una derrota buscada y elegida?
Eso es ganarse la muerte.
martes, 28 de mayo de 2013
Nada 2
"Nada. Luego completo. Es para la cosa de tener una entrada mensual. Debo dos, pero estoy ocupado."
O al menos era eso, un impasse entre la tragedia que nos inunda cuando tenemos dos o tres cosas que hacer de mala gana (y ciertamente mal hechas) y una responsabilidad que antes no lo era, de esas que empezamos hacer porque nos decimos que nos gustan y terminamos haciendo por obligación.
O al menos eso decimos. Pongamos las cosas en claro, pocas veces las obligaciones son reales (lo que pasa es que no nos gustan las consecuencias) menos una cosa como teclear pedacitos de plástico y que se formen figuritas en una pantalla que de a poco te deja ciego, y que uno empieza por llamar letras, palabras, luego poemas, luego prosas, luego ya resignado y más sincero, notitas. Si uno escribe es porque quiere, tal vez sea porque quiere querer, o porque quiere la obligación de querer, o porque se quiere obligado y si no no se quiere tanto o se quiere distinto, ya en ese caso no hablamos de la voluntad de querer sino de cariño.
Y era que yo no quería y había dejado una nada mal colgada acá, y no cualquier nada, sino una con número "Nada 2" porque ya tenía una número 1 que dejó de ser nada cuando se hizo Casa. Les puse "nada" porque no sabía que poner antes de que mayo diera su último toque y me dejara sin notita del mes, una especie de autoengaño para decir que llevo un cronograma. Pero esta nada ya no pudo ser, al menos ya no pudo ser algo, tuve que hacer algo sin que dejara de ser una nada. Sucede que una nada es nada si no se nota, pero cuando alguien le encalla una mirada, un comentario, una crisabella, ya uno se ve forzado a cambiar de estrategia.
Por supuesto que las herramientas usuales no funcionan en casos así: escribir, teclear, redactar, todas palabras y acciones para hacer cosas. No tenía verbos que me indicaran como hacer una nada más bonita y no me alcanzaban los diccionarios, y la esperanza de montar un bakin improvisado desbordaba mi conocimiento en el arte del bakin -de verdad soy bastante malo en lo que a bakines se refiere, y además mi cuarto es un cuadrado de paredes con solo una ventana, bloqueada por un pájaro pechoamarillo celoso de que no abran la celosía donde hizo su nido, así que cosas con olor están estrictamente reglamentadas so pena de morir asfixiados o que los olores se vuelvan demasiado presentes y ya no se noten.
Así que tuve que inventarme mis propios verbos, cosa en la que tampoco soy muy bueno, yo funciono decorando los caminos habituales, no torciendo rumbos. Así que pensé en "garrapatear", así que garrapatie estas notas haciendo más larga esta nada con número de la que hablamos... pero la idea era demasiado poco salubre, además yo poco he interactuado con garrapatas como para convertirlas en verbo. Tampoco puedo benjaminear algo, pues un benjamín es por estos rumbos un aparato para hacer de un plafón de bombillo un tomacorriente.
Así que voy a crisabellear esta nada, aunque de crisabellas francamente yo no sé nada, pero siendo la culpable de que esta nada fuera permanente, bautizaré el arte hacer de una nada algo sin que deje de ser nada como un "crisabellear", debe ser algo así como ese guardar fotos en un álbum de nieve que decía Jorge Boccanera, o seguir el camino de hormigas alrededor de un árbol como Juan Bañuelos. Una de esas cosas que no tienen ni porqué y que te vuelven, de a ratos, en el tedio de la vida encerrado en cuatro paredes por los oficios, momentáneamente como la cola de un cometa quemándose a millones de kilómetros de distancia, más humano.
Yo había escrito nada como un impasse, una concesión al tiempo, una jugarreta para que mayo me esperara en junio y luego la corrigiera, pero no pudo ser. Cristabella llegó y volvió de esta nada un algo sin que dejara de ser nada. Así que la complete, la cristabellé, tal vez de mala manera -mea culpa en ese caso. Aunque bueno... si fue malo el resultado no importa, total apenas era una nada para hacer un rato menos feo.
O al menos era eso, un impasse entre la tragedia que nos inunda cuando tenemos dos o tres cosas que hacer de mala gana (y ciertamente mal hechas) y una responsabilidad que antes no lo era, de esas que empezamos hacer porque nos decimos que nos gustan y terminamos haciendo por obligación.
O al menos eso decimos. Pongamos las cosas en claro, pocas veces las obligaciones son reales (lo que pasa es que no nos gustan las consecuencias) menos una cosa como teclear pedacitos de plástico y que se formen figuritas en una pantalla que de a poco te deja ciego, y que uno empieza por llamar letras, palabras, luego poemas, luego prosas, luego ya resignado y más sincero, notitas. Si uno escribe es porque quiere, tal vez sea porque quiere querer, o porque quiere la obligación de querer, o porque se quiere obligado y si no no se quiere tanto o se quiere distinto, ya en ese caso no hablamos de la voluntad de querer sino de cariño.
Y era que yo no quería y había dejado una nada mal colgada acá, y no cualquier nada, sino una con número "Nada 2" porque ya tenía una número 1 que dejó de ser nada cuando se hizo Casa. Les puse "nada" porque no sabía que poner antes de que mayo diera su último toque y me dejara sin notita del mes, una especie de autoengaño para decir que llevo un cronograma. Pero esta nada ya no pudo ser, al menos ya no pudo ser algo, tuve que hacer algo sin que dejara de ser una nada. Sucede que una nada es nada si no se nota, pero cuando alguien le encalla una mirada, un comentario, una crisabella, ya uno se ve forzado a cambiar de estrategia.
Por supuesto que las herramientas usuales no funcionan en casos así: escribir, teclear, redactar, todas palabras y acciones para hacer cosas. No tenía verbos que me indicaran como hacer una nada más bonita y no me alcanzaban los diccionarios, y la esperanza de montar un bakin improvisado desbordaba mi conocimiento en el arte del bakin -de verdad soy bastante malo en lo que a bakines se refiere, y además mi cuarto es un cuadrado de paredes con solo una ventana, bloqueada por un pájaro pechoamarillo celoso de que no abran la celosía donde hizo su nido, así que cosas con olor están estrictamente reglamentadas so pena de morir asfixiados o que los olores se vuelvan demasiado presentes y ya no se noten.
Así que tuve que inventarme mis propios verbos, cosa en la que tampoco soy muy bueno, yo funciono decorando los caminos habituales, no torciendo rumbos. Así que pensé en "garrapatear", así que garrapatie estas notas haciendo más larga esta nada con número de la que hablamos... pero la idea era demasiado poco salubre, además yo poco he interactuado con garrapatas como para convertirlas en verbo. Tampoco puedo benjaminear algo, pues un benjamín es por estos rumbos un aparato para hacer de un plafón de bombillo un tomacorriente.
Así que voy a crisabellear esta nada, aunque de crisabellas francamente yo no sé nada, pero siendo la culpable de que esta nada fuera permanente, bautizaré el arte hacer de una nada algo sin que deje de ser nada como un "crisabellear", debe ser algo así como ese guardar fotos en un álbum de nieve que decía Jorge Boccanera, o seguir el camino de hormigas alrededor de un árbol como Juan Bañuelos. Una de esas cosas que no tienen ni porqué y que te vuelven, de a ratos, en el tedio de la vida encerrado en cuatro paredes por los oficios, momentáneamente como la cola de un cometa quemándose a millones de kilómetros de distancia, más humano.
Yo había escrito nada como un impasse, una concesión al tiempo, una jugarreta para que mayo me esperara en junio y luego la corrigiera, pero no pudo ser. Cristabella llegó y volvió de esta nada un algo sin que dejara de ser nada. Así que la complete, la cristabellé, tal vez de mala manera -mea culpa en ese caso. Aunque bueno... si fue malo el resultado no importa, total apenas era una nada para hacer un rato menos feo.
lunes, 29 de abril de 2013
La Casa
Creo que uno es como una casa: naces y estás en lugar que en mucho uno no decidió, ubicado en un barrio que no siempre se puede cambiar, tal vez con características inamovibles, costumbres, tendencias, gustos que son como bases, límites de la propiedad, linderos.
De lo que se trata es de ir cambiándola, remodelándola: le pones pintura a tu gusto, adornos, cuadros, la música de Chopin desde la cocina a la sala, pones pisos, divides áreas, la biblioteca, el estudio, la sala de visitas, la del ocio absolutamente inservible y relajante, etc.
Un día uno invita a alguien a pasar, a veces vienen un rato y nunca reaparecen, una noche, un par, entran y se van tal cual, observan el decorado, comentan algunas cosas y quizá reacomodan algo. Pero otras vienen y se quedan, vienen a vivir a la casa que es uno, le cambian cuadros, quitan Chopin y ponen a Charlie o a quien sea, derriban paredes, los tapizados, y luego, como vinieron se van. Esas son las relaciones, no solo amorosas, sino también los amigos, pero por el grado de modificaciones que hacen suelen afectar más (o de forma más total y generalizada) las relaciones amorosas. Novias, novios, personas de una o varias noches, entran, recorren la casa, se van, vuelven, traen cosas, muebles, etc. Todos vienen y dejan algo.
El asunto es cuando se van, Neruda decía que era tan corto el amor y tan largo el olvido, y toda persona que alguna vez, sepa o no que significa la palabra, ha amado, o querido ha alguien lo sabe cierto. A veces salen limpiamente, como un cuchillo que apuñala un cuerpo ya desangrado. Otras hacen tal desorden al salir que uno no tiene más remedio que comenzar una limpieza profunda, botando muebles, cuadros, cuanta tontería haya dejado esa persona y que moleste: no se puede guardar demasiado, la idea es que ellos dejaran su marca, su decorado, pero no vivir en una casa que se parezca demasiado poco a uno.
Pero los peores son los que no se van, apenas les alcanzan las fuerzas para morir en la puerta, en el jardín, y los que uno se empeña en enterrar a medias o dejar tirados en la sala: un cuerpo podrido que infecta toda la casa, o sea, a uno, todo, enfermo.
En esto hay que ser absolutamente pragmático: limpiar lo que ensucia, dejar las fotos bonitas, los recuerdos, sacar los viejos muertos, abrir las ventanas, espiar a la vecina nueva, lo que sea, comenzar de nuevo, a vivir.
Tal vez esto sea una tontería, pero pienso que la analogía sirve para hablar de uno, difícilmente si su perro muere por mucho que lo quiera se va a quedar con el cadáver, entonces... ¿Cuantos muertos tenemos en el armario?
viernes, 1 de marzo de 2013
Tierra de Nadie, Onetti
Extracto del libro de Juan Carlos Onetti "Tierra de Nadie", leí este libro en medio de un periodo en el que estaba realmente ataereado y tenía poco tiempo y concentración para dedicarlo a imbuirme en un libro, sin embargo soy un poco adicto a leer, tanto porque me distrae y divierte (salud mental), como por cuestiones de sueño, cuando uno pasa mucho tiempo frente a la computadora el insomnio suele atacar, leer un libro es siempre efectivo para acceder a los dominios de Morfeo.
Resulta que consumido por el trabajo de mi tesis en filosofía acababa los días exhausto de leer textos académicos que ahondaban en un solo tema... entonces quise leer un texto que tuviese capítulos breves (para leer unos diez o quince minutos antes de dormir), cuya trama fuese absolutamente irrelevante, nimia disconexa y disruptiva, esto para no tener que estar recordando y pensando en que era lo que había sucedido, o sea algo cuya lectura entretenga pero no exija. Entonces encontré este texto de Onetti, la literatura existencial que tan bien se da en los autores latinoamericanos e ibéricos se caracteriza por mostrar lo insignificante de la vida diaria, de recordarnos que fuera de nuestra mente y nuestro reducido grupo de allegados nuestra vida no se inscribe en ningún lado cual libro de la vida, y a su vez, se puebla de bellas imágenes y una prosa exquisita.
Pues bien, por eso leí "Tierra de Nadie" si esa es su situación, recomendado. Transcribo, como invitación, el capítulo que más me gustó, una selección meramente personal. Creo que esto es Onetti, o más bien su ciudad, esa ciudad henchida de mierda, o la vida, o los hombres, una masa amorfa, cochina, un elemento de muerte o más bien de violencia que nunca se concreta pero siempre está ahí, y uno sabe que hiere y que duele, y la vida que se esperó al llegar a una meca de arte, de amor, de su cuerpo desnudo y que no fue más que un amasijo de miedos, de nunca poder tocarte porque esa belleza no es más que la imagen del sueño donde eramos otros, y no los viejos, sucios, los de la moral de los gordos y las tarjetas, los que nunca podrán ir a esa isla prometida, a ese campo, a la casa de la madre, a la infancia de la felicidad, porque todos somos tan sucios como ese río negro que corre como cloaca en lo cotidiano de la vida. Bueno, les dejo a Onetti:
Resulta que consumido por el trabajo de mi tesis en filosofía acababa los días exhausto de leer textos académicos que ahondaban en un solo tema... entonces quise leer un texto que tuviese capítulos breves (para leer unos diez o quince minutos antes de dormir), cuya trama fuese absolutamente irrelevante, nimia disconexa y disruptiva, esto para no tener que estar recordando y pensando en que era lo que había sucedido, o sea algo cuya lectura entretenga pero no exija. Entonces encontré este texto de Onetti, la literatura existencial que tan bien se da en los autores latinoamericanos e ibéricos se caracteriza por mostrar lo insignificante de la vida diaria, de recordarnos que fuera de nuestra mente y nuestro reducido grupo de allegados nuestra vida no se inscribe en ningún lado cual libro de la vida, y a su vez, se puebla de bellas imágenes y una prosa exquisita.
Pues bien, por eso leí "Tierra de Nadie" si esa es su situación, recomendado. Transcribo, como invitación, el capítulo que más me gustó, una selección meramente personal. Creo que esto es Onetti, o más bien su ciudad, esa ciudad henchida de mierda, o la vida, o los hombres, una masa amorfa, cochina, un elemento de muerte o más bien de violencia que nunca se concreta pero siempre está ahí, y uno sabe que hiere y que duele, y la vida que se esperó al llegar a una meca de arte, de amor, de su cuerpo desnudo y que no fue más que un amasijo de miedos, de nunca poder tocarte porque esa belleza no es más que la imagen del sueño donde eramos otros, y no los viejos, sucios, los de la moral de los gordos y las tarjetas, los que nunca podrán ir a esa isla prometida, a ese campo, a la casa de la madre, a la infancia de la felicidad, porque todos somos tan sucios como ese río negro que corre como cloaca en lo cotidiano de la vida. Bueno, les dejo a Onetti:
TIERRA DE NADIE
Cap. XXX
«Y está también el pausado brillo misterioso del pelo suelto en la almohada. Hay un codo rugoso bajo el oscilante seno izquierdo y éste queda rodeado, redondo y dormido en el ángulo del brazo. Un hilo de aire que sopla de tu boca o de la mañana roza el vello sombrío junto al sueño del seno, defendiendo la noche de tu cuerpo. Aquí la mañana, los hombres pesados y graves que despiertan sin ganas, quemándose el pecho con el café amargo y humeante. Allí tus sueños, el silencio y la mañana
»Ella y yo nos inclinamos atentos sobre tu cabeza quieta por donde pasean pies ligeros y absurdos. Es como la sola vez que te vi dormir. Pero entonces era el amor y ahora es el misterio.
»Te miramos. A veces una mano se me va a tu mejilla para despertarte, para que parpadees veloz y asombrada lágrimas y niebla de la noche y me oigas contarte que han pasado tantas cosas en mí, en la vida, y que sin embargo no ha pasado nada. Decirte nada y mirarte y emocionarme con nuestra antigua mirada. Pero el miedo quiebra mi mano y quedamos quietos y curvados mirando tu cara. Ya el sueño escapa de tu sueño lejano y obstinado. Como la luz grisada que vence las cortinas, las extrañas cosas y las locas personas que te llenan van desbordando en la habitación.
» Lentos brotes se hinchan y crecen, enlazan los muebles, frotan los rincones con sus enormes ojos ciegos. Nosotros, la mañana, el aire que fuiste meciendo en la noche, la mano perdida en la sábana, el pezón vinoso y replegado, todos somos tu sueño.
»Frotamos suaves y veloces, murmurando ansiosos nombres de Dios, largos ruegos obscenos, palabras violentas y unos secretos que estaban rezagados y acabamos de encontrar; somos angustias, bocas redondas de pescados, luna escamosa, arenales, rutas, y el hombre de negros anteojos que asoma desde el piso treinta y saluda con su revólver el fresco manojo de lilas a la cosa inmunda que trota las calles. Es el misterio de tu tierra dormida, la habitación nunca vista, la vieja sala embrujada con el bronce sucio de los candelabros, el piano desdentado y amarillo, el traje de baile perdido en el diván y la alfombra de extraviados dibujos con su vieja mancha de sangre y el esqueleto de una rosa, aplastado.
»Pero otra vez cae rota la mano que alzaba hasta tu hombro, tu mejilla, tu labio pesado y mustio. Porque quería contarte que han pasado cosas, tantas cosas en la vida y que, sin embargo, nada, nunca pasa nada.»
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