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sábado, 19 de julio de 2014

Fragmento de novela

Agustín colecciona citas de libros, lo que piensa es una actividad abrumadoramente solitaria. Todas las personas que ha conocido con su mismo nombre son algo miserable, unas cosas patéticas. Lee libros y coloca pequeñas flechas en sus pasajes favoritos, los que le dicen algo, como la voz eléctrica de un sonar que se devuelve de profundidades oscuras nunca vistas por el ojo humano. Es posible acercarse a alguien por los libros que lee, pero solo se les conoce realmente por la lectura que hacen de esos libros, por las citas que eligen como representantes de sus vidas. Los libros dicen siempre más de sus lectores que de aquellos que les escribieron.
Luego, Agustín transcribe cuidadosamente las citas, que dice son fragmentos de su alma, a un cuaderno que le regaló Samir. Piensa en ese cuaderno como un bosque de palabras, en el que aquella alma compasiva que le acompañe como testigo del tiempo se adentrará, sus hijas largamente soñadas, de las que pasa el tiempo eligiendo nombres, se adentrarán, y tendrán así una imagen más humana de ese hombre retraído que es él.
Pero Agustín no conoce a esa mujer, y esas niñas no existen más que en su mente, como memoria de un pasado prohibido por la vida que aún no ocurre, que no ocurrirá nunca. Y ese cuaderno no es sino un bosque de espanto, una marca imborrable de su soledad. Un diario de su lectura destructiva de la vida.

Como el nombre que dios se dio a sí mismo para existir y que fue vedado a los hombres, como el ruah, el viento que sopla en el desierto y que dio vida a la primer pareja humana para luego ser el árido viento que impone la muerte, así Agustín se da a sí mismo esas palabras que encuentra en otros para decirse que existe, como un Karamazov soportándolo todo para afirmar su existencia, diálogos de muerto como refugio del azote cotidiano, que se repiten para formar con frágiles manos de viento su personalidad. Sin embargo en horas más sinceras, su mirada cae en pasajes crueles y reveladores: una cita de Cortazar anuncia que detrás de todas las respuestas y las máscaras hay un agujero negro, y Coetzee sentencia que detrás de cada una de las puertas nos espera un nuevo horror. Entonces él sabe que detrás de su última máscara no habrá un vacío, no habrá una máscara infinita ni un rostro calcinado por el miedo, sino un nuevo horror, aquel en el que cuelga sus máscaras y sus palabras al dormir, y que aflora como su más sincero temor. El terror-carne, el terror-hoja-de-cuaderno, donde se soportan las palabras que ha elegido. Esas palabras que son cristalizaciones de su alma, pero el alma no es sino un supuesto, una ficción que espera ser hallada, como las palabras de sus libros que esperan el advenimiento de ese lector futuro. Pero ella no viene. Queda como dios, repitiéndose infinitamente su nombre, absolutamente separado del mundo.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Insatisfecho fragmento de "Tiempos"

"Con
el año bisiesto mi reloj se alteró. Lo noté hasta pasados cinco días y fueron
necesarias engorrosas correcciones en mi diario personal, tachones de otro modo
innecesarios. Durante los tres años anteriores no hubo problema; la fecha
correspondía con el día en cuestión, esto según los calendarios en uso.
Previo
a eso el reloj pertenecía a mi padre, no puedo tener constancia de su funcionamiento.
Sucede que ahora es mío y su funcionamiento es, a decir verdad, deficiente en
general, esto casi como un alago. Justo cuando necesitaba un reloj dada una
ridícula perdida del anterior, aparece él, mi padre, con la respuesta de este
viejo reloj usado y deficitario.
Siempre
hay algo con los relojes para mí, digo, tienen cierto significado que
encierra algo de mi historia, no como el evento de tener un nuevo reloj y las
aventuras poco interesantes que ello pueda implicar en un vida de por sí
sencilla, sino en relación al sentido de la vida, mi historia como aparecer de
mi existencia en el mundo pues. Su historia es en cierto modo una metáfora bastante
simple. Mi primer reloj lo obtuve de mi padre, aún funcionaba cuando me deshice
de él al cambiarlo por uno de brazalete punk que me dio como regalo de
cumpleaños tardío mi primer novia, ese lo cambié por el de la segunda, luego el
siguiente y así. Al final no poseo uno propio, tampoco mantuve personalidad o
firmeza; nunca me he comprado uno.
Algo
similar a eso asumo como mi pasado, con mi vida hasta los tiempos de la muerte
y el tedio; eso siempre como melodramático corolario de mi intento de vida
anclado en un reloj que no lleva a nada. También suelo tener conflictos con la
palabra melodrama." (Tiempos)