domingo, 4 de septiembre de 2011

Pabellón Idílico

La luz apenas se filtraba, la noche dejaba entrever sus profundidades entre oscuras ramas de árboles.

La maleza se había adueñado del pabellón, el lugar se había convertido en el sitio predilecto para los amantes nocturnos, el aire se enrarecía con las primeras lágrimas o bien hervía con el olor a sexo
se adaptaba al momento.

Lo único que nunca cambiaba era el silencio, la melancolía del silencio; esta fue la razón de que nos asombraramos cuando el sitio se llenó de música, una melodía triste clamaba la ausencia de realidad.

Todos se quedaron perplejos,
tapaban sus oídos.

Algunos fastidiados tomaron al músico y lo quemaron,
pero ya no tenía sentido,
había hablado.


La irrealidad, esa, verdad innegable,

cualquiera vería que el lugar denotaba al mágico, pero todos lo ignoraban, fingían no escucharlo y castigaban al que hablara.


Era solo un pasillo abandonado, inundado de árboles musgos y hojas secas, habitado por amantes utópicos y desleales; no tenía por qué ser mágico, y aunque lo fuera no había razón para romper la burbuja.

Pero el músico lo había hecho, nos mostró las deformidades del lugar,
desnudo nuestros cuerpos y nos enseñó una a una nuestras llagas.

Ahora el lugar ya no era mágico, ni los amantes tan geniales,
nosotros, solo éramos un grupo de borrachos,
en el peor tugurio del mundo.

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