Con
el
año bisiesto mi reloj se alteró. Lo noté hasta pasados cinco días y fueron necesarias
engorrosas correcciones en mi diario personal, tachones de otro modo innecesarios.
Durante los tres años anteriores no hubo problema; la fecha correspondía con el
día en cuestión, esto según los calendarios en uso.
Previo
a
eso el reloj pertenecía a mi padre, no puedo tener constancia de su
funcionamiento. Sucede que ahora es mío y su funcionamiento es, a decir verdad,
deficiente, esto casi como un halago. Justo cuando necesitaba un reloj dada una
ridícula perdida del anterior, aparece él, mi padre, con la respuesta de este viejo
reloj usado y deficitario .
Aviso
que
siempre hay algo con los relojes para mí, digo, tienen cierto significado que encierra
algo de mi historia, no como el evento de tener un nuevo reloj y las aventuras
poco interesantes que ello pueda implicar en un vida de por sí sencilla, sino
en relación al sentido de la vida, mi historia como aparecer de mi existencia
en el mundo pues.
Algo
de su
historia constituye en cierto modo una metáfora bastante simple de mi vida. Mi
primer reloj lo obtuve de mi padre, aún funcionaba cuando me deshice de él al
cambiarlo por uno de brazalete punk que me dio como regalo de cumpleaños tardío
mi primer novia, ese lo cambié por el de la segunda, luego el siguiente y así.
Al final no poseo uno propio, tampoco mantuve personalidad o firmeza; nunca me
he comprado uno.
Terrible
, al
parecer algo similar a eso es lo que asumo como mi pasado, con mi vida
hasta los tiempos de la muerte y el tedio; eso siempre como melodramático
corolario de mi intento de existencia anclada en un reloj que no lleva a nada.
También suelo tener conflictos con la palabra melodrama.
Ocurrirá
supongo,
por siempre de esa misma manera.
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